Ensayo de caracterizacion de personajes – Asesino Anonimo


Bueno comparto esta elaboracion, un despistado preludio de una obra de suspenso que me pretendo fijar como meta. Recuerden que no soy un estudioso de la materia, cualquier opinion es bien recibida. Ahondo por las letras y la caracterizacion adrede. La idea es poder crear un mundo bien planteado antes de esgrimir la idea principal.

Saludos.

Asesino Anonimo.

Se quito el sombrero, aun escuchando el sonido de la lluvia que formaba ríos en inclinada pendiente por las tuberías de la callejuela. Asumió mojarse el rostro no asi el resto de su cuerpo. Levanto el cuello de su abrigo y hundió ambas manos en los bolsillos de su largo abrigo. Miro por ultima vez hacia el pequeño cuarto del fondo, con la puerta siempre entre abierta, pero nunca dejando ver su contenido. Y grito lo de siempre

–          Vuelto a media noche.

Una voz femenina lánguida le respondió:

–          No se cual es tu necesidad de salir, no son precisamente los tiempos para andar por ahi…

Se ollo el crujir de una gran puerta de madera al abrirse.  el pestillo se rindió silenciosamente.

Eran las nueve de la noche, y el señor Simenon se adentraba entre una especie neblina de agua, una lluvia fina que hacia anémica las luces de los faroles inconstantes.  Las callejuelas de los barrios bajos del barrio mas antiguo de Santiago Centro, confluían como un delta amazónico, como queriendo ocultar las entradas y salidas a cualquier forastero que tuviera las intenciones de hacer algún acto rápido, y escapar desapercibido del barrio. Era por esto mismo que el temor rondaba por esos días de julio. Pleno invierno. Los comerciantes de tiendas veteranas, bazares, boutiques, sastrerías, todas menos licorerías, pues jamás quisieron ensuciar el “nombre” del lugar, cerraban a mas tardar a eso de las seis y media de la tarde cuando la noche aun era prematura, y el sol se despedía aun.

El asesinato de los hermanos Clark, era la causa del ambiente tenebroso que el invierno acentuaba y el frio perpetuaba. Parecía que los días no pasaban. Esos quince, eran mil quinientos años o mas quizás. Sobre todo para la vida rutinaria de la mayoría de los trabajadores ancianos que se resistían a cerrar sus tiendas aun no sacándole el partido de tiempos mozos.

El Señor Simenon, caminaba siempre conversando con la punta de sus zapatos, no tenia necesidad de mirar hacia delante,  parecía que contaba los pasos de manera inconsciente, y su oído no lo traicionaba incluso frente al paso mas sigiloso de algún transeúnte desconocido.  Cuando paso junto al tercer pórtico junto al suyo miro como de costumbre hacia la ventana del sotano. Era la casa de Don Vitorio De Cesari, un Argentino inmigrante de Italia que había llegado a chile ya hace un buen par de años a cargo de un proyecto de documentales políticos. De las ventanas del sotano siempre salían luces intermitentes y sombras escurridisas. Eran las proyecciones de la rutina cinematográfica que llevaba a cabo todas las tardes, revisando incansablemente los trabajos que realizaba a ver si encontraba algún atismo de errores técnicos. Es que la perfeccion y la sincronización se manifestaban en toda la fachada de su casa de tres pisos.  Don Vitorio le había pagado a un arquitecto francés para que hiciera ver su casa como una escultura auntentica de Gaudi. Por las mañanas de Verano, los turistas mas intrépidos, y bien dateados llegaban timidos a sacarse fotos a una distancia prudente ya que era conocido el carácter efusivo de Don Vitorio, y mas si querían jactarse con sus logros estrafalarios. Cada Curva, cada vuelta, incluso las escaleras carecían de un vértice, hacían la casa un agujero negro de atención del cual el señor Simenon había hecho costumbre de ver al pasar a la misma hora de siempre, las nueve de la noche con treinta segundos.

 

 

Seguida la de Don Vitorio, venia lo que parecía la huella mas vestigial de lo que alguna vez fue el barrio. Una casa mal traída por los inviernos de hace 150 años. La naturaleza había creado un imperio de musgos en todas los lugares en los cuales se hubiera podido apreciar la coyuntura de las estructuras.  Un vidrio Quebrado en el tercer piso hace quizás cuantos años. Una veleta con un gallo solitario que ni el vendaval mas huracanado podía mover, dejaba claro el nivel de oxidación de las estructuras del tejado.  Lo único que se podía ver de movimiento era una sombra proyectada por el paso de un cuerpo frente al televisor. Un cuerpo pequeño que recordaba la invalidez de la Señora Costelo. Costelo pues nadie sabia de su nombre, quizás producto del mismo olvido que produjo su incapacidad de poder bajar las escaleras. Cada mañana una bocina de auto a mal traer sonaba, y toda el callejón sabia que era su logeva enfermera, que hacia pensar que iba a cuidarse, en vez de cuidar a Doña Costelo. O quizás producto del mismo olvido, nadie sabia que esta quizás ya era un fosil viviente.

Una vez en la esquina el Señor Simenon miro de frente y acelero el paso. Como un animal que se sale de su radio de caza y se predispone a esperar defenderse de algo desconocido, no calculo el tiempo de llegada, cuando ya estaba en el café literario de Don Román. Al entrar hizo una venia familiar al dueño que como de costumbre yacia apoyado en una barra de mármol jugando ajedrez con su empleado Chino, Fien Xian. Saludo cordialmente también a este ultimo y subio las escaleras hacia el segundo piso. Un humo de cigarrillo hacia pesada la atmosfera, el ojear de un par de libros se confundia con las carcajadas tenues de hombres mayores que intentaban respetar un ruido prudente para poder opinar, debatir, discutir, alabar, maldecir, algún texto que convocaca.

Como de costumbre avanzo entre las 10 mesas del antro literario y mirando fijamente a la del fondo, junto a una cortina de cristal que tenia una cara que no paraba de chorrear un diluvio. Conto a los participante, pero esta vez, como si hubiese olvidado que hace quince días faltaba uno.  Y Dijo:

–          Buenas noches caballeros. ¿Que sabemos la noche de hoy?

Los hermanos Clark

Los Clark, eran una pareja de hermanos Ingleses, que habían llegado a Chile ya hace treinta años, la edad de Luciano el hijo mayor de el Señor Simenon.  John Clark era un renombrado Genetista que dedicaba su vida, como pasatiempo, profesión, familia y deporte al estudio de sus conejillos de india, que nadie sabia a ciencia cierta si realmente eran conejillos de india o le llamaba asi a otra cosa, ya que  siempre fue reservado con la información de sus trabajos, solo daba pinceladas a grandes rasgos y hablaba con mas soltura acerca de sus alumnos de la Universidad de Chile.

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